martes, 10 de noviembre de 2020

Contradicción

 Una de las primeras asambleas que estuve, cuando todavía todas las finanzas de la cooperativa se manejaban con un cuaderno que un compañero llevaba de acá para allá bajo el brazo, hubo un problema de plata. Ya no recuerdo que fue. No faltaba plata, pero tenía que ver con transparentar el manejo o algo así. Recuerdo que era una batalla campal. Todo recién empezaba y había de todo… muchos que querían que esto salga adelante, algunos que no, otros que estaban ahí por inercia, por miedo, porque no tenían otra opción, por hacer la contra, mientras buscaban otra cosa, porque si…  no todos tiraban para el mismo lado, cada uno peleaba por sus intereses. El centro de la discusión, los ataques más duros, eran  hacia la cabeza más visible. Y uno de los compañeros que lo defendía, digámosle Tomas, era del grupo de los compañeros más combativos. Era de esos compañeros que todo el tiempo estaban, iban al frente, se movían de acá para allá, y en todo lo que hacían ponían todo el corazón y la sangre. Con ese mismo espíritu, se enojaba en la asamblea  Yo todavía no hablaba en las asambleas, me daba miedo, vergüenza., no se… tenía el privilegio de estar en el corazón de una fábrica arrebatada a los patrones, rodeada de trabajadores que admiraba y eran un ejemplo para mí y no sabía si estaba a la altura. Tampoco conocía a muchos ni tenía confianza. Pero ante el debate, me acerqué a este compañero y le dije… Yo lo conozco a el y sé que sería incapaz de hacer algo contra los trabajadores. Pero no está mal cuestionarlo ni tratar de buscar mecanismos para evitar que algo malo pase con la plata. No solo porque cualquier persona es susceptible de corromperse… sino también porque mañana puede ser otro el que este en el puesto de él, y tiene que haber mecanismos de control. Bueno, no lo convencí mucho… pero hablamos de cómo son las organizaciones obreras, las presiones de los dirigentes. como, por ejemplo, se burocratizan los sindicatos, le conté todas las cosas leídas y aprendidas.   Desde esa asamblea…. Pasó una vida. Aprendí muchas cosas, y otras las des-aprendí. Mi idealismo se hizo añicos (en proceso de…).  Años de vivir en una trinchera… se siente algo así. Siempre bajo fuego, siempre en tensión.   Entonces, hoy, me siento Tomas.   Me siento dolida en el alma por otra batalla campal (de las que hace un tiempo sobran). Sobran no en el sentido que son muchas… sobran en el sentido literal que están de más. Y me doy cuenta que no se puede ser tan políticamente correcta. Porque no todas las críticas son sanas. Y porque no siempre en un colectivo se pelea el bien común. Hay gente capaz de perjudicar a otros por sus intereses individuales… no importa el resultado. Hay mala leche. Hay cálculos. Maniobras. Hoy quisiera decir que está bien desconfiar. Que está bien indagar, revisar, buscar los medios de control. Pero decirlo me ubica del lado de quienes, sin escrúpulos, tiran y tiran pedradas para ver a que le dan… por el solo hecho de darle. De ser el más guerrero, de ser quien tiene la razón. Y en el medio no importan las heridas, solo quien sale mejor parado. Hoy quisiera decir que yo pongo las manos en el fuego por este compañero. Porque conozco su vida. Porque conozco sus desvelos por sus hijos. Se lo que pone en juego por este proyecto. Que a pulmón le hizo la pieza al hijo, juntando de acá y de allá.  Que junto a su compañera cuentan los centavos, calculan todo lo que gastan, se privan (no hablemos ya de lujos), hablemos de comodidades y de algún gusto. Y lo hacen no porque no les quede otra. Lo hacen por convicción. Pudiendo trabajar en otro lado, rebuscársela de otra forma.   Estoy segura que la mayoría de los compañeros podrían entrar, en general, en esta descripción. Pero esta es la que conozco de primera mano. Ni me la cuentan ni la imagino.   Supongo que esta situación hace que todo sea tan áspero, discusiones tan duras y difíciles. Indignación por hacer todos los esfuerzos que se hacen, y que surjan agujeros por donde se escapan las fuerzas. El trabajo. La comida de las familias.  Hasta ahí, es un límite tolerable… pero lo que me carcome e indigna, es que haya quienes se aprovechen de estos sentimientos para obtener algún redito personal. Que sus miserias, sus prejuicios, sus defectos dicten sus palabras. Que me hagan dudar de las personas, de la capacidad del hombre de pensar en un todo, en la solidaridad, en el cambio. Que me hagan enojar, y enfurecer, y volverme impotente y descreída. Que tenga ganas de decirles que se vayan a la mierda. Que se nublen y se borren las enseñanzas, los pasos que dieron, las puertas que abrieron, las manos que tendieron, las páginas de historia que escribieron.   Sé que, en el fondo, es correcto desconfiar, es correcto cuestionar, es correcto controlar, es correcto responsabilizar. Pero eso no es atacar. Eso no es mentir y amalgamar hechos a conveniencias de unos y otros. No se juega así con la gente. No se juega así con la vida que cada uno deja cada día en ese enorme pasillo. No se trata de encontrar culpables que sean fusibles de nuestras frustraciones.  Que transformen discusiones que nos harían crecer, en pura macana. Así como una enseñanza es no confiarse, esta solo es posible si va acompañada de no juzgar ni acusar sin fundamentos. Solo podemos sobrevivir codo a codo, espalda con espalda… Quien ataque eso, rompe filas y debilita la lucha.   Por eso, tal vez, mañana más en frio… piense el equilibrio. Piense como rescatar de entre tanta mierda las enseñanzas que valen. Como resolver de la manera mas correcta las cosas.   Pero hoy,   soy Tomas.      

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